De cómo el Bicho nº1 fue tomado por un terrorista internacional.

Acabamos de volver de dos semanas de vacaciones en Mallorca, y he podido comprobar una vez más que los usuarios del transporte aéreo son -somos- cada vez peor tratados. Y la cosa tiende a empeorar más y más…

Dejando a un lado los retrasos injustificados y nunca explicados -en contraposición con las exigencias de que estés una hora y media antes del vuelo en el mostrador de facturación-, ‘overbooking‘ y demás, lo de los controles de seguridad está comenzando a ser algo demencial.

Todos hemos oído hablar de la prohibición de líquidos en cabina (¡biberones incluídos!), las exigencias -ilegales- de que te descalces y te quites el cinturón, etc, etc… Pero es que lo peor del caso es que dichas normas son supervisadas no por la Guardia Civil o la Policía Nacional, sino que las llevan a cabo los llamados ‘guardias de seguridad’, que muchas veces ponen en el empeño un celo tan exagerado como aparatoso. Y por supuesto carente del más mínimo sentido común, por no hablar de los modales que suelen exhibir.

En el control de seguridad del aeropuerto de Mallorca nos hacen plegar y pasar el carrito del Bicho nº2 por el ‘scanner’ (¿Qué esperan ver en una estructura tubular de 1 cm. de grosor?). Hasta ahí, la cosa tiene un pase, pero lo peor viene luego: el Bicho nº1 pasa por el arco de detección y el aparato pita. Como yo paso inmmediatamente detrás de él, me intento acercar a ver qué pasa. Pero un guardia de seguridad, con gestos sacados de ‘C.S.I. Miami’ le aparta a un lado, le hace ponerse con los brazos en cruz y le pasa un detector manual, mientras que una compañera suya, con ademanes no menos teatrales, se interpone en mi camino y me hace señas para que me quede retirado mientras la peligrosa operación de detección de armas terroristas en un niño de cinco años era llevada a efecto con tanta profesionalidad. ¡Ah! También me conmina a quitarme la gorra -y eso que la maquinita no ha pitado cuando he pasado yo-. Sin duda, para verificar que no llevo escondida entre la gorra y mi cabeza una granada-ultraplana-no-metálica-secreta-e-indetectable.

Lo más gracioso es que, una vez pasado el control, me doy cuenta de que no he puesto en la bandejita un buen puñado de monedas (¡metálicas!) que llevo en el bolsillo…

En fin.

Saludos.

Carlos.

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